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viernes, 13 de enero de 2017

CONFESIONES DE UNA MADRE: VER PARA SENTIR, SENTIR PARA APRENDER

Si nos preguntásemos qué es la vida, podríamos concluir que, en sí misma, es un larguísimo aprendizaje. Cada segundo que vivimos nos proporciona una sensación ( ya sea buena o mala) y, por ende, un conocimiento al que sin duda recurriremos, con posterioridad, cuando nos toque enfrentarnos de nuevo a una situación similar.
Lógicamente, las personas de mayor edad son las que acumulan mayor sabiduría, aunque solo sea por todo el camino que llevan recorrido.
Esto es cierto, pero también es verdad que aunque ya hayan vivido mucho, cada día que se suma a su existencia es un auténtico regalo. Aún les queda oportunidad para vivir emociones nuevas e incluso, tal vez, aún más intensas si cabe.
Nuestros mayores tienen derecho a mantener viva su ilusión, a continuar disfrutando del amor, de la amistad y de la familia, porque es lo que queda indemne en el alma cuando la salud comienza a abandonar el cuerpo.
De hecho es lo más importante, lo que hace que ellos se mantengan a flote, pese a sus achaques y dolencias.
Os cuento todo esto para que comprendáis por qué para nosotras era tan importante la visita a una residencia. No se trataba solo de ir allí, entregar dos felicitaciones, cantar tres villancicos y para casa.
No, en realidad era mucho más profundo que todo eso.
El propósito de mi compañera y yo, al organizar esta actividad, era despertar la ilusión en aquellos abuelos que la tuviesen "dormida". ¿Cómo? Llevándoles alegría, acariciándoles la mano, inclinándonos a escucharles y, todo ello, con amor.
¿Se puede sentir amor por un anciano al que desconocemos? la respuesta es que sí y mucho, porque en el rostro de cada uno de ellos, podemos ver el de aquellos a los que tanto quisimos y que se fueron, aunque permanezcan para siempre en nuestro corazón.
La visita se realizó el pasado 23 de diciembre con independencia del grupo Anamo, pues la fecha propuesta por el mismo no era factible para la residencia en cuestión (Residencia Mirasierra).
Durante el desarrollo de la visita, algunos abuelos sonrieron y otros lloraron. Puede que de alegría, puede que de nostalgia, o puede que de tristeza. No estoy segura. En cualquier caso, cumplimos nuestro objetivo: despertamos emociones de cualquier tipo,pero emociones al fin y al cabo.
Esta vivencia, tan provista de una extraña mezcla entre realidad y magia, era fundamental como lección de vida y por lo tanto, ninguno de nuestros hijos, tanto mis niñas como los niños de mi compañera, podían faltar.
Ha sido una experiencia que ninguno de ellos olvidará y esperamos que, de algún modo, marque sus vidas.
No quise hacer fotos de los abuelos para respetar su intimidad, aunque sí hice algunas pensando en el mensaje que podrían transmitir. Aquí están.




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